¿Qué relación hay entre la
estación principal de trenes de Venecia y la canción Don’t Look Back in Anger de la banda de rock inglesa Oasis?
Aparentemente, y ante los ojos de todo aquel que pueda leer esto, ninguna; pero
para mí esa obra maestra de la música adquirió un valor especial luego de
visitar esa ciudad del noreste italiano.
No es muy usual encontrar un
piano en una terminal de trenes tan congestionada como la de Santa Lucía en
Venecia, donde la gente va y viene sin parar durante las 24 horas del día y
donde el inclemente calor del verano se multiplica por mil y agobia un poco a
los viajeros.
Y ahí me encontraba yo,
sentada en el suelo de la Santa Lucía (porque no había ni una sola silla
disponible y porque estaba un poco más frío y brindaba un fresquito
encantador) un sábado de agosto cualquiera. Había caminado todo el día, al
final de la tarde con mi mochila de 42 k en la espalda, para posteriormente (a
eso de las 9:30 pm) llegar sin aliento a la mencionada estación y esperar el
tren de las 00:05 que me llevaría a Roma.
En mis manos una revista de The Beatles que encontré en un
mercado veneciano por 7 euros, un paquete de M&M’s y una cerveza no tan fría como yo esperaba, pero al fin y
al cabo ¡cerveza!
El ruido del lugar no permitía
concentrarme bien en la lectura, por lo que decidí subir el volumen de mis
audífonos y olvidarme de la gente; mal que bien, me restaban dos horas en el
suelo. Una bolita de chocolate, una canción en mis oídos, un trago de cerveza y
una buena lectura: no necesitaba nada más para que mi espera fuera tan
placentera como lo había sido mi visita a esa ciudad. Sin embargo, a las 11:15
pm, todo se transformó.
Dos segundo, a lo sumo, es lo que
tarda en empezar una canción después de que otra se termina; los que me
bastaron para reconocer al fondo un piano sonando con el intro de Don’t Look Back in Anger. Sin dudarlo me retiré los audífonos, dejé
lo que me encontraba haciendo y salí en búsqueda de la melodía. Di un par de
vueltas y llegué. Justo enseguida de la entrada principal me percaté del piano
por el que había pasado ya varias veces y había mirado como a cualquier cosa.
Esta vez, un joven de unos 23 años deleitaba a todos los que estábamos en ese
lugar con tan grandiosa canción.
Tocó el mismo intro unas cuatro veces en busca de
la voz de las personas, sin embargo nadie se animó. Cuando ya estaba a punto de
desistir, la melodiosa voz de una chica terminó de sorprender a todos. Empezó: “Slip inside the eye of your mind, don’t you
know you might find, a better place to play”. Y conforme avanzaba la
canción más voces se unían: “You
said that you’d never been, but all the things that you’ve seen, will slowly
fade away”. Para cuando llegó el coro, la estación estalló con un cantó
unísono, al que por supuesto me uní: “And
so Sally can wait, she knows it’s too late as we’re walking on by. Her soul
slides away, but don’t look back in anger I heard you say”.
Sin importar nuestros países de
origen, color de pelo o piel, religión o preferencias; todos los que nos
encontrábamos allí nos emocionamos de la misa manera: muchos sonrieron, otros
aplaudieron y yo, tras entonar con júbilo la última estrofa de la canción, solo
solté una lágrima de felicidad y emoción.
Gracias Venecia por la belleza de
tus calles, por la exquisitez de tus comidas, por el calor implacable de tu
sol, pero sobre todo, gracias por una nueva experiencia inolvidable en la vida.
♪ ♫ ♩ ♬
Fotos: archivo personal.